martes, enero 21, 2014
lunes, enero 20, 2014
Diez páginas sobre Duna (3/10: Su aspecto)
Tras dos páginas algo extensas, escribo ahora una tercera más breve, continuando el pequeño homenaje a Duna, la perra que nos acompañó trece años de mi vida, a punto de cumplirse dos años desde su partida. En esta tercera página, quiero comentar algo tan mundano como el aspecto.
He leído en incontables ocasiones eso de que los perros no nos discriminan por nuestro aspecto, y que a ellos les da igual de verdad si somos altos o bajos, gordos o flacos, guapos o feos, jóvenes o viejos; a Duna, obviamente, le daba igual cómo eramos. Y a nosotros nos daba igual cómo fuera ella... lo que no quita para que nos encantara su aspecto, inquieta, peluda, su flequillo...
Duna, tercera página: 4 kg envueltos en pelo.
Nunca hemos sabido qué mezcla exacta de razas podía ser Duna; ni tenía pedigrí, ni queríamos que lo tuviera, pero es que tampoco podíamos clasificarla en una u otra raza concreta.
Alguien nos comentó, tras verla (no recuerdo quién) que era un cruce entre perro de aguas y pekinés o yorkshire. Evidentemente tienen un aire (son pequeños, van a cuatro patas, tienen hocico...), pero no hemos podido identificarla.
Además, como yo nunca vi a su madre (o padre) ni hermanos, ni idea del aspecto de los mismos y si se parecían a mi perra.
El caso es que Duna era una perra pequeña, muy peluda, de color marrón oscuro (que se fue aclarando con la edad, al final de su vida era mucho más clara, casi grisácea).
![]() |
| Duna de jovencita, fase peluda |
Era un perro doméstico (Canis lupus failiaris) como es evidente. Y de sus rasgos podría comentar lo siguiente (aprovechando el leer algo sobre morfología perruna):
- Pelaje doble, cuya capa inferior suave era de un marrón más claro
- Cola en tirabuzón; no sólo no le cortamos la cola, sino que no podríamos haberlo hecho: como comentaba en otra entrada, no consideraba a Duna como mía en el sentido de poder hacer lo que quisiera con ella, y cortarle la cola me habría parecido una mutilación inaceptable
- Un hocico muy poco alargado
- Buena vista, que no perdió nunca; al final de su vida empezaba a tener cataratas, pero muy brevemente y sin llegar a afectarle demasiado la vista. Posiblemente hubiera ido perdiendo facultades, pero el corazón (como ya relaté le falló antes)
(NOTA: Otra cosa es que nadie nos explicamos nunca cómo podía ver la pobre perra si sus propios pelos le tapaban continuamente los ojos -la foto que acompaña la entrada es una buena prueba de ello-; en cualquier caso, la rapidez para coger pelotas al vuelo hacía suponer que la perra, de alguna u otra forma, ver veía)
- Orejas caídas a ambos lados, que (supongo por su morfología) nunca puso tiesas
Duna nunca llegó a pesar 5 kilogramos; a veces se aproximaba (creo que cuando tenía el pelo más largo), pero siempre estuvo -de adulta- entre los 4 y los 4,5 kg.
No estuvo nunca gorda ni delgada, alimentándose de pienso (salvo contadas excepciones) y superando las revisiones que le hacía el veterinario.
Sobre el pelo, lo cierto es que Duna tenía "temporadas de verano" y "temporadas de invierno", ya que una vez adulta la rapábamos del todo cuando venía el calor, y luego le dejábamos crecer el pelo hasta la primavera/verano siguiente.
Depende de la época, a veces nos parecía más graciosa peluda o rapada; no sé cuál era el favoritismo del propio animal, ya que siempre estaba igual de contenta, nerviosa y con ganas de jugar tuviera mucho o poco pelo.
Un aspecto curioso de ella es que, cuando la sacábamos a pasear y quería hacer pipí (qué cursi queda esto...), no se agachaba o levantaba una pata (Duna es una hembra, como es obvio), sino que solía levantar las dos patas a la vez para apoyarlas en una pared/árbol/loquesea y así mear tranquilamente.
Hay dos formas en las que nunca vimos a nuestra perra:
- En la típica posición de ataque (cuerpo echado hacia delante, enseñando todos los dientes, etc., que suelen detallar los artículos sobre actitud canina): en trece años de vida, no recuerdo una sola vez que atacara o pareciera atacar a nadie. A veces podía jugar agresiva con otros perros en el parque, pero se notaba que era un juego
- Embarazada. No le hicimos ninguna intervención para evitar que pudiera quedarse embarazada ni esterilización, pero aún así la pobre Duna no fue montada nunca por ningún perro ni, claro, se quedó preñada (tuvo un par de embarazos psicológicos a lo largo de su vida, tratados con el veterinario)
Y acabo esta entrada con lo más familiar de su físico: el flequillo.
Lo más característico al verla era el flequillo que le caía sobre los ojos; a veces cuando la rapamos le dejábamos ese flequillo porque nos parecía muy simpático y tal.
Quizá en la foto de esta entrada no se aprecie, pero en la que es foto de portada de mi perfil en facebook se ve mejor; y recordando su flequillo, termino la página de hoy.
domingo, enero 19, 2014
Diez páginas sobre Duna (2/10: La llegada)
Yo no quería un perro. No tengo miedo a los perros, me gustan y han estado muy presentes en mi vida, pero en octubre de 1998, me negaba en redondo a que entrara un perro en casa.
Lo habíamos discutido en ocasiones mi pareja y yo, que estábamos viviendo juntos desde hacía pocas semanas; ella quería traer un perro, y yo prefería seguir los dos solos en casa. A fin de cuentas, hasta hacía pocos meses habíamos vivido juntos como "unidad familiar" mis padres, abuelos (hasta su fallecimiento) y hermano; y ahora vivía junto a una chica en una casa donde no eramos los "niños": quería disfrutar de ello y no tener responsabilidad ninguna. En realidad, estaba más acostumbrado a tener perros que a tener chicas rondando por casa... hasta que llegó ella.
Duna, segunda página: llegando a casa.
Antecesores de Duna.
No es del todo cierto que no quisiera un perro en casa por la responsabilidad que ello supone; tampoco lo quería por todo eso de que se les coge cariño, y luego te da mucha lástima lo que les pase, y blablabla.
Hasta que llegó Duna, había tenido dos perros en casa; aunque en ningún caso como dueño de los perros o responsable de ellos, sino como niño que jugaba con los que había por casa.
Fevi. Después de mucho tiempo insistiendo, convencí a mi madre -y los restantes miembros de casa- para comprar un perro (como todo niño que en algún momento de su infancia -o preadolescencia en este caso- quiere una mascota).
Fevi se llamaba así por un pastor alemán que había tenido mi madre de niña, y el nombre era la unión de la primera sílaba de sus dos apellidos (Feliu + Villada). Fevi era un Shih-Tzu, y tenía muy mal carácter, gruñía (e incluso nos mordíó alguna vez) y solía estar más interesado en que le dejásemos en paz que en jugar.
Foi. Cuando se murió Fevi (que tenía una salud bastante pocha), mi madre no podía soportar la pena y en casa se compró (de la noche a la mañana) a otro Shih-Tzu. El nombre era una desviación de Fevi, y el animal era absolutamente pacífico, tranquilón y grandote (pesaba al menos el doble que Fevi).
Cuando me fui de casa, y mis padres se mudaron a la casa de campo donde aún viven, se llevaron a Foi con ellos, donde tuvo una vida plácida y una vejez achacosa, hasta que murió un tiempo antes que la propia Duna, ganándole a ella en longevidad.
Mis padres tuvieron -y tienen- otros muchos perros, pero no eran "perros que vivían en casa", y por tanto no se parecen a Duna en la convivencia con ellos.
El debate sobre qué tipo de perro.
Aunque no quería un perro, si que hablábamos a veces sobre la posibilidad de tener uno, qué nos gustaría, y todo eso. Como en casa siempre he tenido libros y más libros perrunos, podíamos buscar por aspecto, carácter y por todo lo que quisiéramos.
Vivíamos en una casa pequeña (70 metros cuadrados), así que lo primordial era que fuera de tamaño pequeño o mediano, todo lo más. Sobre que fuera macho o hembra no recuerdo haber debatido ni la opinión que podíamos tener al respecto.
Al final, creo que la preferencia era un Schnauzer enano, que parecía muy gracioso con su barba y bigotes. Recuerdo haber mirado el precio de un perro de dicha raza... pero, como decía, no quería ningún animal en casa, así que era un debate estéril.
Una miniatura peluda y temblorosa.
En algún día del mes de octubre de 1998, poco antes de Fira d'Onda, comenté con mi pareja que "en todo caso, si entraba un animal en casa, ya no saldría, porque lo que no íbamos a hacer es adoptar un perro para dejarlo tirado" (no lo decía como incentivo para coger un perro, sino al contrario).
Mi novia (habrá que llamarlo de alguna manera) me dijo que necesitaba el coche para no se qué de su familia de Castellón o algo parecido, y se fue con el viejo Rover azul; cuando regresó, ya por la tarde, me dijo que tenía una sorpresa...
...abrió el portón trasero del coche y allí, dentro de una caja de cartón, temblando como una hoja, había un animal muy pequeño, peludo con varios tonos de marrón. Cabía en un bolsillo de la camisa, y era una perra sin pedigrí ni raza conocida.
No recuerdo el día exacto en que llegó Duna a casa; pero puedo visualizar como si hubiera pasado hace sólo un rato a mi novia abriendo el portón y la perra mirando asustada desde su caja de cartón.
![]() |
| Duna de bebé en su nueva casa |
Como había avisado, ese día entró en casa para formar parte de la familia, y ya nunca saldría.
9 de septiembre de 1998.
Eso es lo que me dijo la "compradora" de la perra que, a su vez, le habían dicho donde la cogió: había nacido unas seis semanas antes, el 9 de septiembre de 1998.
Parece que unos niños (y sus padres, claro) eran los dueños de la madre, ésta había tenido cachorros, y los vendían por lo que el comprador quisiera dar.
Los cachorros habían sido tres, o quedaban tres sin vender hasta ese momento; mi pareja eligió a Duna entre esos tres vete a saber porqué.
El "precio" era a convenir por miedo de los dueños de que utilizaran a los cachorros para algo perverso; nosotros pagamos 2.000 pesetas por Duna.
El lugar donde nació fue en una vivienda de Almazora, hasta donde fue a comprarla, tras haber visto un anuncio en un "detot" o un periódico similar de anuncios.
A veces -mientras vivía Duna- he pensado en buscar ese anuncio, preguntar o saber qué ha sido de la madre de Duna, de sus hermanos, de la familia humana en cuya casa nació; poder decirles que la cachorra estaba bien cuidada y la queríamos.
Lo cierto es que nunca lo hice, aunque supongo que tampoco es muy importante.
Duna, el nombre.
El mismo día que llegó a casa, empezamos a pensar en el nombre que debíamos darle.
Debía ser femenino (obvio), corto y sonoro para que el pobre animal lo entendiera bien.
Decidimos que sería un nombre de cuatro letras, empezando por "D" y acabado por "NA".
Nos quedaba: Dana, Dena Dina, Dona y Duna. Y nos decidimos por eliminación...
Dana no; conocíamos a alguna chica que se llamaba así y un transexual israelí con ese nombre acababa de ganar Eurovisión.
Dena no; era el que menos nos acababa de gustar de los cinco, aunque fue finalista.
Dina no; me sonaba a la denominación de los folios o doble folio (DIN-A-4, DIN-A-3)
Dona no; ya que significa "mujer" en valenciano/catalán
Duna: nos gustaba, y aunque es el mismo nombre que los montículos de arena en el desierto y tal, como la perra era de color marrón con varias tonalidades, creímos que era incluso mejor.
Y de esa forma llegó Duna a nuestra casa y obtuvo su nombre; mi pareja y yo dejamos de ser sólo dos en casa. Poco después de llegar Duna, se quedaría embarazada (mi novia, no la perra) y nacería mi primer hijo; para entonces ya no seríamos novios sino que nos habríamos casado... pero esa es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión.
sábado, enero 18, 2014
Diez páginas sobre Duna (1/10: La ida)
Dentro de diez días, se cumplirán dos años desde la muerte de Duna, la perra que nos (me) acompañó en casa durante más de trece años. Cuando he pensado en ella desde que se fue, siempre sentía a la vez una enorme tristeza y melancolía por su partida, junto a la alegría y gratitud por haber disfrutado de ella; creo que en este aniversario va a "ganar" la alegría del recuerdo de Duna sobre la tristeza porque ya no esté. Y por eso voy a escribir de nuevo en el blog, a modo de homenaje, sobre Duna: diez pequeñas entradas recordando al ser vivo que estuvo siempre, incondicionalmente, a mi lado. Como yo al suyo.
Duna, primera página: la muerte.
Quiero comenzar por el final de la vida de Duna, relatar sus últimos días y cómo se fue. Querría que nunca hubiera tenido que irse -que nunca se fuera-, igual que no quiero irme yo nunca, ni desde luego ninguno de mis hijos, pero todo eso es irreal, la muerte es natural y forma parte de la vida, dotándola de sentido.
Si acepto eso (la naturalidad de la muerte), no puedo imaginar una partida mejor que la que tuvo Duna; cuando yo tenga que morir, me gustaría que fuera como ella.
Por mi parte, deberé decir que tenía un miedo horrible a que se diera cualquiera de las dos siguientes circunstancias cuando muriera Duna:
- por un lado, que Duna muriera sola; una de las cosas de las que me arrepiento sobre mi perra, es que estaba sola más tiempo del correcto, debido a las especiales circunstancias de mi familia. Pensaba que algún día, cuando llegara a casa de trabajar o de alguna otra obligación, Duna estaría muerta, habiéndose visto sola en alguna de las horas pasadas, sin nadie que estuviera a su lado al partir. Me daba tanto miedo pensar en eso, que muchas veces al volver a casa, sentía una pequeña angustia si desde el portal de casa no la oía ladrar y brincar alegre sabiendo de mi llegada.
- por otro lado, que yo debiera decidir sobre la muerte de Duna: que tuviera algún problema de salud donde lo "coherente" hubiera sido sacrificarla. Para entendernos, diré que nunca he pensado que yo era el "amo" de Duna, sino más bien su "compañero humano", encargado de su bienestar tanto como ella se encargaba de querernos y ser parte de la familia. No tenía poder sobre su vida o su muerte; pero tampoco podía permitir que sufriera sin sentido, y temía profundamente verme en la necesidad de elegir si sacrificarla para que no sufriera, o permitirle sufrir gratuitamente.
Como si Duna supiera que temía ambas cosas, su forma de partir disipó todos los miedos. No hubo sacrificio, no murió sola. Voy a contar cómo se fue.
La longevidad.
En diciembre de 2011, recuerdo un paseo de Duna con mis hijos donde hablábamos de la edad de la perra y de otros perros que han vivido o vivían con alguno de nuestros familiares. Posiblemente, Duna era la mayor de todos (ya había cumplido trece), pero su carácter nervioso y alegre (además de la raza, o la falta de ella) hacía presagiar que viviría mucho tiempo más.
La enfermedad.
Un triste día de enero que ya he olvidado, cuando iba a sacar a pasearla, Duna se desplomó en el suelo, respirando pero sin poder moverse. De inmediato, reuní a mis tres hijos -algunos se habían ido a dar una vuelta-, y fuimos al veterinario. Cabe decir que pasados 2-3 minutos, la perra pudo comenzar a moverse, y después seguía igual que siempre, con toda naturalidad queriendo pasear y disfrutar del parque.
Comenzaron entonces unos días marcados por ver qué le pasaba, medicación, cuidados y preocuparse. Cada vez los "ataques" iban a más, y a la perra se le notaba más débil.
El diagnóstico es que el corazón le había crecido demasiado, y parece ser que se bloqueaba produciendo unos pequeños "infartos"; se tomaba medicación para que no le pasara, pero el veterinario ya nos advirtió de que podía recuperarse (y hacer "vida normal", aunque con cuidados, que ya era vieja de por sí), o morir en uno de esos pequeños ataques.
Con mi miedo porque no estuviera sola, fui haciendo encaje de bolillos para que si se quedaba sola, fuera el menor tiempo posible.
En esta enfermedad (que no entiendo, porque de salud es de lo que menos entiendo del mundo), había que tener en cuenta que el animal no sufría (no le dolía, más allá del evidente susto que podía llevarse), y que era una cuestión genética, de forma que no es nada que hubiéramos causado ni hubiéramos podido evitar: Duna venía así "de serie", como yo vengo miope u otro viene con los pies planos.
El último día.
El 27 de enero de 2012, yo debía ir inexcusablemente al trabajo y estar fuera por seis o siete horas. Mis hijos estaban en el colegio, o en casa de su madre, hasta que yo llegara. Y a mí me aterrorizaba pensar cómo estaría la perra, que los últimos dos días había tenido más ataques que nunca y respiraba con dificultad; para que no le pasara nada por la noche sin que yo me enterase, las dos últimas noches había dormido conmigo, en mi cama.
Para no estar sola, ese día ocurrió algo curioso, y es que como nadie podía cuidarla o atenderla todo el tiempo, se turnaron para ello. Mis padres, la madre de mis hijos (que fue quien la trajo a casa trece años atrás) y mi hermano se fueron pasando por mi casa, visitando a Duna y contándome qué tal estaba.
Y de esa forma, el destino quiso que Duna pudiera despedirse de todos los que la habían querido y cuidado en su corta vida.
Cuando llegué a casa, me ocupé de que comiera, de su medicación y de bajarla un momento al parque. Luego, mientras hacía la cena para los críos (era viernes, y ese fin de semana los cambiaba con su madre y me tocaban a mí), los niños se ocupaban de tenerla entretenida y calentita frente a la estufa, tanto Juanma como Salva o Martín la tenían en sus brazos mientras ella jugaba muy débilmente.
Y de esa forma, el destino quiso que su última hora la pasara jugando con sus "hermanos", o siendo acariciada por ellos si se cansaba frente a la estufa, en su hogar.
Nos pusimos a cenar, y puse en la tele un capítulo de Fraguel Rock (es curioso las cosas que se recuerdan a veces...); mientras Duna estaba en el sofá de casa le dio uno de sus ataques, pedí a los niños que se metieran dentro de la habitación para no verlo, y la cogí en brazos, apretándola contra mi pecho, para que no estuviera asustada.
Y así murió Duna: en mis brazos, en nuestra casa, tras un día en que fue cuidada por todos aquellos que la quisieron, sin sufrimiento ni dolor físico. Si un ser vivo merecía una muerte bella y poética como esa, sin duda era Duna; la tuvo, y me siento extraordinariamente feliz por ello.
No creo en el destino ni karma ni cosas de esas, pero ojalá en mi último día tenga la oportunidad de compartir un poco del tiempo de todos mis seres queridos, para al final expirar, sin dolor, en los brazos de aquella persona a quién más ame. Y ojalá, un tiempo después, cuando se recuerde, alguien piense que yo merecía morir así. Duna merecía morir así.
Y fin por hoy; mañana, otro recuerdo sobre Duna.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


