jueves, enero 13, 2005

Teletipos sobre cine y literatura

- El otro día hicieron por la tele 'Amélie'; en su día quise ir al cine a verla, pero no pude, así que insistí en cogerla en vídeo en cuanto saliese. Me encantó, pero no la volví a aver hasta que la echaron por la tele. Mi mujer se durmió a los 20 minutos en aquella ocasión, y mi hermano, que la ha intentado ver dos veces, se ha dormido también al poco rato. Nchts, nchts, qué poca sensibilidad. Yo he disfrutado como un enano ambas veces.

- Cogimos en la Biblioteca Infantil de Onda, para que la vieran los niños, el DVD de 'El viaje de Chihiro'. La vimos tres veces (en la semana que la tuvimos, pa' amortizarla). La primera vez no me gustó nada de nada, no la entendí (estaba haciendo otras cosas). Fue mejorando en la segunda, y más aún en la tercera. Muy onírica, he leído por ahí que la hizo el creador de Heidi y que parece una versión japonesa del cuento de Alicia en el País de las Maravillas. Quizá tengan razón. Por desgracia, si yo tardé en captarla, mis hijos no la entendieron. Pero se entretuvieron con los dibujitos.



- He leído en algunos blogs una opinión positiva de 'Matar a un ruiseñor'. Como la anterior vez que seguí esas mismas críticas me llevaron a ver 'Big Fish' (lo mejor que he visto desde El Señor de los Anillos), no podía hacer más que interesarme. He devorado el libro en una semana, y ya tengo el DVD (lo veré en breve). Sólo puedo añadir que yo también quiero ser Atticus Finch de mayor; y eso que me falta verlo en imágenes con Gregory Peck.



- Hoy, en la Biblioteca de Valencia he atrapado un libro de cuentos viejos y de autores clásicos (después de leer en algunos foros los cambios y mejoras o desmejoras de los cuentos clásicos quería probar). 'Cuentos de los Hermanos Grimm", de la editorial Noguer, editado en 1962. Como era la misma fecha que la película de Atticus, me ha dado por ahí. Espero haber acertado, ya os diré.

Y además de todo eso, decir que he intentado actualizar mi fotolog (además lo he linkado aquí a la derechas, pero no me sale bien), y he corregido/añadido algunos enlaces a otros blogs, que ya era hora.

Ea. Pues seguimos con todo. Va bene.

lunes, enero 10, 2005

Niños. Respeto, autoridad.

En mi última entrada hablaba un poco de política; éste es un tema que ha marcado mi vida durante los últimos quince años. Ahora mi vida transcurre pareja a mi paternidad. Quiero hablar en mi entrada de hoy sobre los niños, con vuestro permiso.

Sobre dos palabras: respeto, y autoridad. En base a mi corta experiencia de padre y menos corta de transeúnte normal. Que conste que todo lo que cuento abajo es mi opinión, obviousely.

Respeto (en un post de hace medio año creo que ya dije esto):

Los niños son niños, y por tanto, personas.
Los niños no son gilipollas por ser niños.

Considero que todos debemos respetarnos entre nosotros. Pero que, si hay un colectivo que merezca el mayor de los respetos, ése es el infantil.

Los niños tienen derechos. No sólo a la vida, a la educación, y a un plato de sopa, que en nuestra sociedad es evidente. Tienen los mismos derechos que nosotros a todo.

No pueden conducir porque se supone que aún no tienen la edad suficiente para disponer de las habilidades necesarias.
Y no pueden votar porque se suponen que aún no pueden emitir juicios de valor tan importantes como la decisión en democracia (sobre esto hay que hacer un post especial de lo discutible que es).

Pero tienen derecho a ser escuchados, a ser tenidos en cuenta, a su intimidad y a tomar decisiones. Según he leído, en la época de los romanos, un padre podía disponer como quisiera de sus hijos, incluso quitándoles la vida. Dos mil años después, hay algunos que no se han enterado de que esto no es así; no les quitan la vida, pero sí el respeto.

Un niño quiere colorines, porque los que tenía se han roto o se han perdido, y le quedan dibujos de sus superhéroes por terminar. Cuestan dos euros
Un adulto quiere tabaco (nocivo para su salud y para la del niño) porque tiene el vicio. Cuesta veinticinco euros el cartón de diez paquetes (y el cartón de tabaco se acabará antes que los colorines).
Se acaba comprando el tabaco. Hay que ahorrar, no hay dinero para chorradas (atención: la chorrada es la creatividad del niño, sean colorines o plastilina, no el tabaco!!!), y además, el niño es un caprichoso y un egoísta (mira que no entender la necesidad del adulto de fumar, y si puede ser, contaminarse un poco como fumador infantil-pasivo!).

Un niño te está contando una cosa importantísima de su colegio o de sus amigos, o te está enseñando el dibujo que acaba de hacer. O quiere preguntarte algo.
El adulto está viendo un programa birrioso de esos sobre cotilleos de la gente, que ni le va ni le viene. Y manda callar al niño.
El niño acaba por ver el programa y empaparse de insultos y degradación moral.

Un niño está jugando, excitado, y grita y chilla. El adulto quiere observar el vuelo de una mosca, o sigue con el puñetero programa rosa. Manda callar al niño. De una bofetada, si es necesario. Y punto, que aquí manda quien manda.

Cada día tolero menos la desvergüenza con la que algunos tratan a los niños. Yo no soy un padre perfecto, desde luego; pero quiero tratar a mis hijos (y a todos los niños del mundo) como lo que son: como iguales.

Autoridad.

Estoy radicalmente en contra de la violencia contra los niños. Física o verbal, no hay nada en el mundo que me parezca más reprobable.

Me parece estupenda la moda contra los maltratadores domésticos, y ojalá que gracias a ella se vayan todos al infierno. Pero no entiendo porqué un padre o una madre pueden dar un cachete o decir “mira que eres tonto!” a su hijo en la calle sin que pase nada.

A veces, cuando veo a alguien darle un cachete a un niño, me gustaría coger un ladrillo y estampárselo en la cabeza. “Proporcionalidad”, le diría, “su mano es muy grande para la cara del niño, tan grande como este ladrillo para la cara de usted”.

En ocasiones, he de escuchar que no tengo autoridad respecto a los niños. Que soy un blando. Que no me hacen caso.

Es que no soy el líder de una secta donde ellos están apuntados. Es que no entiendo que los niños deban obedecer porque sí, porque mando yo y tú te callas. Es que yo aún no me explico qué enseñanza sale de pegar tortas (aparte de enseñar que la violencia es un medio práctico de comunicación entre las personas).

A mí me gustaría que los niños entiendan que soy un adulto, tengo más conocimientos que ellos, y estoy dispuesto a enseñarles dichos conocimientos.
Y me gustaría que los niños me hicieran caso porque supieran que mis órdenes tienen un objetivo concreto, que sirven para algo.

Los niños no han de recoger sus cosas porque a mí me fastidie ver un juego de construcción desparramado por el suelo. Han de recoger porque las cosas ordenadas no se rompen ni se pierden, son más fáciles de encontrar cuando se buscan, aumenta el sentimiento de pertenencia personal de las mismas, y no te puedes tropezar, caer y hacer daño.

Los niños no han de irse a la cama porque yo lo diga y para que me dejen ver el programa rosa de los cojones. Los niños han de dormir, al igual que los mayores, para que el cuerpo descanse y llegue al día siguiente con energías. Y necesitan irse a dormir antes porque necesitan más horas de sueño. Y ha de ser a la misma hora porque esa rutina es beneficiosa para el cuerpo y su crecimiento.

Y los niños no se han de callar. Nunca. Se les puede pedir que hagan menos ruido si alguien duerme, está enfermo, le duele la cabeza, o estás en un sitio público y a las demás personas puede molestarles, como una Biblioteca. Pero “cállate de una vez”, o “cierra la boca”, no son expresiones válidas. Salvo que le hayas hecho el signo de la cremallera en los labios en medio de un juego, claro.

Las cosas tienen un significado, se hacen por algo, y estoy seguro de que los niños tienen a cumplirlas mejor, a la larga, si saben el porqué.

Pero, desgraciadamente, se supone que yo no tengo autoridad y soy un blando.

Si tuviera autoridad de veras, los niños se cuadrarían al oír mi voz, y me harían caso de repente, como un robot si tocas un botoncito. Cuando no hicieran caso, ostia al canto. Seguro que la próxima vez hacían más caso, y lo hacían antes.

Parece que hay dos autoridades:

  • la del conocimiento (alguien tiene más conocimientos que tú, y por eso te da una orden y te explica el por qué)
  • la del temor (alguien te da una orden, y si no la cumples te pega un golpe o te castiga sin más)

¡Ojo! La primera no está reñida con la disciplina, el castigo, o los premios. Pero eso ya lo contaré en otra ocasión. Con lo que está reñida la primera, es con la segunda.

Yo quiero tener autoridad en casa. Pero no por ser el más viejo, el más gordo, o el padre. Y mucho menos por que nadie tenga miedo a represalia alguna.

Si no tengo autoridad porque mis hijos no tienen temor a ninguna bofetada de mi parte, bendita sea mi falta de autoridad.

lunes, enero 03, 2005

Democracia vs Anarquía

He pensado que ya está bien de daros el coñazo con cuchufletas sobre mi vida, que resultan difíciles de entender, y además, aunque para mí sean trascendentales, no sobrepasan la barrera de los problemas comunes a todos los mortales.
Ahora, os daré el coñazo sobre mi propia opinión (que no es mi vida y sucesos cotidianos) sobre "grandes temas" que tienen su importancia en mi vida. Por no comenzar con la infancia, lo haré con la política (hace mucho que no escribo de política, a ver qué tal me sale).

Democracia versus Anarquía.

Hace tiempo mantuve un curioso diálogo sobre la anarquía, como sistema alternativo a la democracia, más justo e igualitario -y por supuesto, libre-, y posible en la práctica.
Yo no creo en la anarquía, no la veo justa ni igualitaria (sólo libre). E imposible de realizar. No veo a la democracia como el sistema menos malo, sino como el mejor sistema posible.

Mi interlocutor decía que en la anarquía todos eran libres, iguales dentro de su libertad, y abiertos a la felicidad.
Al preguntar cómo gestionaban sus recursos, quién construía sus infraestructuras, quién se ocupaba de los servicios mínimos, me respondía que nadie y todos a la vez, ya que no había quien gobernara.
¿Y si en un pueblo nadie quería ser panadero, no comían pan? ¿Y si entre dos ciudades nadie construía una carretera, y en una de ellas había agua y en otra no, nadie de la otra bebía?

Sin problemas. Se decidía entre todos; alguien debía ser panadero, y la carretera se decidía entre todos y se hacía entre todos. Además, también en democracia pueden faltar carreteras o panaderos.

Bien. Seguí preguntando. Para decidir un camino entre siete vecinos, a veces hay muchísimos problemas. En una zona (por no hablar de "estado") como nuestra península, para hacer una infraestructura de transporte entre Bilbao y Sevilla, ¿han de reunirse en una plaza todos los que habiten entre esas dos ciudades?; y además, ¿quién paga la carretera? ¿todos por igual? ¿el que tenga más por el que tenga menos? ¿o es que todos tienen igual, aunque eso es comunismo y no anarquía? ¿y si alguien tiene más, qué pasa? ¿quién juzga si tiene más, y qué se le hace?

Me contestó que las cosas se pagan entre todos, pero no porque haya "impuestos", como en la maldita democracia, sino porque hay "aportaciones al bienestar común". Toma castaña.

¿Y quién controla esas benéficas "aportaciones", tan distintas de los apocalípticos "impuestos"? ¿una asamblea de veinte millones de ciudadanos?
Ahí me explicó algo parecido a una elección de compromisarios, que a su vez elegían a otros compromisarios, etc. Algo parecido a los soviets. Ok.

Pero... ¿cada vez que se hace una carretera, o un hospital, o una escuela, o se decide quién ha de tener una farmacia y quién no, se hacen elecciones de esas? ¿un poco engorroso, no?

Resulta que no es así. Los compromisarios tienen capacidad para decidir sobre varios problemas. Y como no pueden realizar sus tareas dependiendo de su elección cada mes, el plazo para "gestionar" (que no "gobernar", ojo!) es mayor. Pon un año, pon dos años, pon cuatro años.

Pero es que, además, el compromisario que decida dónde hacer carreteras quizá no puede hacer todas las que se desean, ya que las "aportaciones" no serán infinitas. Quizá deba ponerse de acuerdo con el compromisario que hace hospitales. ¿Y cómo se ponen de acuerdo? ¿Los coordina alguien?

Pues sí, seguía mi interlocutor. Se elige a varios compromisarios según las tareas que se deban hacer entre todos, según el territorio en el que vayan a hacerlas, y a personas que los coordinen.

Es decir, se elige a unos compromisarios territoriales (gobierno) con una orden de actuación concreta (programa), con un límite de actuación temporal (legislatura), y unas aportaciones para realizar cosas comunes (impuestos).

La anarquía no existe, y pensar en su aplicación práctica nos lleva a la toma de decisiones entre todos (democracia) o sólo por unos pocos elegidos o por uno solo (sistema dictatorial).
Para hacer este esbozo de reducción al absurdo he puesto que derive en la democracia (en lo que derivó la conversación a la que hago referencia), pero bien podría haber puesto que lo decidieran los más viejos o los más sabios, y así habría derivado en una oligarquía. Y etc, etc.

La sociedad humana necesita organización. La anarquía, como sistema que repudia esa organización, o la adorna de conceptos bonitos (aportaciones, y no impuestos), no me parece válida.

Creo firmemente en que, en vez de luchar por anarquías y demás, deberíamos luchar por mejorar nuestra democracia.

Estoy seguro de que, en un futuro, muchas decisiones se podrán tomar teniendo en cuenta el voto inmediato-electrónico-loquesea de los ciudadanos. Como el trasvase del Ebro, una aprobación popular del sistema educativo, y demás. Y eso será un adelanto respecto a lo que vivimos hoy.

Pero es que lo que vivimos hoy es un adelanto impresionante respecto a lo que vivían nuestros abuelos en democracias como la de la II República (si alguien quiere, amplío esta información).

Hace veinte años, el envenenamiento de un candidato en una república rusa era algo desconocido, que seguro que se hacía y nadie se enteraba. En estos días no se ha podido llevar a cabo la jugada, y el "envenenado" es Presidente.

Hace cincuenta años, no quiero pensar cómo debía tratar un ejército de ocupación a los habitantes del territorio ocupado. Hoy eso preocupa mucho a la ciudadanía en general, e incluso ha estado a punto de cargarse a algunos gobernantes.

En mi opinión, las críticas a la democracia son subsanables dentro del propio sistema, para reformarlo y optimizarlo, pero no para cambiarlo por un sistema distinto.

Quizá sea optimista, pero creo que el sistema mejora (y mejorará) con el tiempo.

PD.- Perdón si todo lo dicho sobre la utopía que supone la anarquía queda algo infantiloide. Siempre que he hablado con alguien del tema, y he sacado el mismo recurso que parece infantil, resulta que en la anarquía las cosas que afectan a muchos se deciden democráticamente. Encantado de que alguien me saque de ese recurso, en todo caso.





domingo, enero 02, 2005

Papá Noel

(NOTA: empiezo el año en el blog como lo acabé, con una entrada nostálgica de abuelo cebolleta; valga en mi descargo que tengo pensadas otras entradas no nostálgicas ni cebolleteras, pero es que esta anécdota era fija para el primer post del año, I’m sorry).

Hace quince años, yo era gris.

Gris del todo: vestía de gris, gafas grises, cara con expresión gris, despeinado y con granos, conversación gris, vida gris. Ah, y era un empollón (de esos repelentes), con lo que mi vida social no era sólo gris, sino gris ocuro.
Mi hermano, con el que salía de fiesta aquí y allá, era más gris que yo (es dos años mayor, y la experiencia cuenta).

No recuerdo una sola cosa divertida para contar de 1989. No fue un año malo, ni bueno. ¿A que no adivináis como fue el año? Pues eso, gris. Como muchos de los anteriores.

Aunque sí había una novedad: mi hermano y yo, que tontos del todo no éramos, nos estábamos dando cuenta de que, como adolescentes, dábamos lástima.

Salimos por ahí la Nochevieja de 1989, para dar paso al 90. Yo tenía quince años recientes, mi hermano diecisiete.
Y salimos por la tarde, para llegar a casa, ponerse el pijama y comer las uvas. No nos dejaban salir de casa después de las uvas. Sí, sí, como suena. Aunque lo cierto es que no nos perdíamos nada por no salir, y con las pintas que llevábamos sí era posible que nos acabaran atracando o algo así.

No recuerdo si habíamos quedado con alguien esa tarde, o salimos los dos solos como dos monos. Con chicas (a los quince y diecisiete años es en lo que piensas, no nos vamos a negar), desde luego que no habíamos quedado; ni se nos acercaría ninguna.
Tampoco recuerdo si llegaríamos a beber alguna cerveza. No creo que lo hiciéramos, o como mucho un ridículo tercio, que para nosotros era una gran transgresión moral.

A falta de una hora (o más) para las doce campanadas, volvíamos a casa andando desde la discoteca (en Onda las distancias no son pequeñas; son ínfimas).

Recuerdo que estábamos charlando sobre nuestra vida gris, nuestra incapacidad social, pintando todo más negro aún de lo que era. Nos decíamos que habíamos hecho mal en salir, que nunca más saldríamos, y que más nos valía olvidarnos de las chicas, de divertirnos con los amigos, y de todo. Si fuéramos japoneses nos habríamos planteado un suicidio colectivo de esos.

Cabizbajos y tristísimos, nos disponíamos a cruzar la calzada, viendo la puerta de nuestra casa enfrente.

Entonces pasó.

Una furgoneta vieja, oxidada, circulando mientras hacía ruido de chatarra.
Las puertas de atrás abiertas, con un señor gordo sentado, piernas hacia fuera del vehículo.
El señor gordo era Papá Noel. Al vernos, hizo sonar una campana que llevaba consigo, y se rió con su característico “Jo, jo, jo!”.

Mi hermano y yo nos miramos, y sonreíamos.
Ese día, en ese momento, acabó para siempre nuestra vida gris y antisocial.

1990 fue el mejor año de nuestra vida. Irrepetible, porque algunos se han ido para no volver (sniff!). Nunca me he explicado cómo pudimos dar aquel asombroso cambio.

Quizá podamos contar que un día vimos a Papá Noel de verdad.